viernes, 12 de marzo de 2010

La inseguridad, segura…

TIERRA DE BABEL
Jorge Arturo Rodríguez

Hace unos días un amigo me preguntó por qué la corrupción no tiene color, ni raza, ni sexo y mucho menos religión. No supe qué contestarle, harto estoy de esa palabra y lo que implica. Pero ahora que lo recuerdo, me digo que también la inseguridad no tiene color, ni raza, ni sexo, ni religión, barre parejo y hasta se lleva entre las patas a inocentes. Es decir, quién puede negarlo, lo único seguro en México es la inseguridad, pa’ ya no hablar de la corrupción y anexas que todo mundo conocemos.
Pero no pasa nada. A según el Presi Calderón dijo que hay un problema de percepción sobre la inseguridad, son los medios de comunicación los que propagan en primera plana los mensajes de los narcotraficantes. ¿Ven? No pasa nada, sólo es cuestión de apreciación, de impresión, vaya, de vista y yo que estoy cegueta, pos realmente no pasa nada. Ajá, y la nieve de qué sabor.
Entonces, eso que le pasó a la esposa de mi cuate Marco Tulio Aguilera Garramuño, es un asunto de enfoque, a según el cristal con que se mire, es decir, puede estar el vaso medio lleno o medio vacío, que cada quien hable a según como le fue en la feria, dijera mi abuelita. ¡A qué cabrón!
Cierto, mi estimado Garramuño, “ahora me pregunto: ¿será que alguien, alguien del gobierno, de la “justicia”… tenga la decencia de disculparse porque una civil, una persona honrada que se dedica a su trabajo, su familia, el deporte y la literatura, se la detuvo con violencia, se la esposó, se la fichó, se la sacó en fotos de los diarios como si fuera una criminal?”
Tons, la inseguridad segura se carcajea de todos. Pedro Peña González (padre de Pedro Peña Araujo, asesinado junto con Omar Socorro Amaro en días pasados vaya a usted a saber por qué) dijo: “Pedir justicia ¿para qué? Que las autoridades hagan su trabajo, no necesito pedir justicia, ellos tienen que hacerlo”. Ahorita, ‘perense. Y sobre este mismo caso, el secretario del Consejo del Camino Campo Nuevo-Romero Rubio, Abraham Vargas Lozada, manifestó que “es una inseguridad que crece cada vez más, a eso le echamos la culpa, a la inseguridad”, mientras que el presidente de la Red de Estudiantes Veracruzanos, Flavio Muñoz Murrieta, sostuvo que “es una inseguridad que ya no se puede negar, no se puede negar que los delincuentes están en Veracruz trabajando, operando y pagamos los inocentes lo que las autoridades no pueden erradicar”. (Imagen del Golfo/25 de febrero/2010).
Pero qué barbaridad, y dale con la inseguridad. Pongámonos unos lentos oscuros y verán que no pasa nada, amén de que realmente mañana amanezcamos nosotros mismos o uno de nuestros familiares tirado en la calle, no de borracho, claro, o mínimo hayamos sido objeto de la cruenta, malvada y estúpida inseguridad. Tons sí, a gritar: “¡No manchen, cabrones! ¡Ya basta!”. Ahí se las dejo…
Los días y los temas
Entre tanta cosa mala, a veces no nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor y perdemos de vista, con lentes o sin ellos, lo poco de lo bueno que pasa en la vida. Ante tanta indiferencia, olvidamos nuestra capacidad de asombro y sensibilidad… ¿Pero qué les tengo que decir con esto? Chin, ya me perdí. El caso es que aplaudo la aprobación, por parte de la LXI Legislatura Local, de dos leyes que ojalá realmente sirvan para lo que fueron creadas, y el esfuerzo, talento y entusiasmo de los diputado Fernando González Arroyo y Dalia Pérez Castañeda no quede sólo en papel y buenas intenciones. Sería un desperdicio.
Cierto, diputado González Arroyo, “antes que los intereses de partido, están los derechos y los intereses de los veracruzanos”, y la nueva Ley para la Integración de las Personas con Discapacidad, en cuyo contenido están sus propuestas, es prueba de ello.
Cierto, diputada Dalia Pérez Castañeda, con la Ley para el Desarrollo Cultural del Estado –que se logró gracias a su preocupación porque Veracruz cuente con un marco jurídico que impulse y genere un entorno favorable a la cultura-, se da garantías legales a la ciudadanía hacia el ejercicio pleno de sus derechos culturales. Enhorabuena.
De cinismo y anexas
A esta sección le cae como anillo al dedo la declaración del Presi Calderón: “Yo veo en el 2030 a México, no en los paradigmas o calificativos del subdesarrollo; es decir, que dejamos atrás la condición de una sociedad pobre y sin oportunidades, sino que, al contrario, para entonces yo espero que hayamos tomado ya una ruta muy definida de progreso, de crecimiento económico con justicia, con generación de empleo que aumente año con año el ingreso per cápita de los mexicanos y lo distribuya mejor”. ¡Órale, dijera Brozo, pos este de cuál fumó!

Hasta la próxima
jarl63@yahoo.com.mx

VIVIR EN UN MUNDO DE TRAMPAS

ALGO MÁS QUE PALABRAS
Víctor Corcoba Herrero/ España
corcoba@telefonica.net

Me repele vivir en un mundo de artificios, donde la malicia es la regla de juego, y donde el ardid para burlar o perjudicar a alguien se ha tomado como letra de cambio y hasta regla de vida. Algo bochornoso. Bajo estas mimbres tramposas, generadoras de violaciones y de situaciones violentas, por mucho que se nos llene la boca de humanidades, jamás se podrán fortalecer y promocionar atmósferas que aviven los derechos humanos y la formación en esos derechos, que sólo pueden sustentarse sobre el derecho a la verdad, en la que no puede haber matices. La verdad es lo que es y sólo tiene un camino, el del afecto y el de la consideración por todo ser humano. Y por otra parte, como dijo el filósofo francés Barón de Holbach: “¿Qué confianza puede tenerse ni qué protección encontrarse en leyes que dan lugar a trampas y enredos interminables, que arruinan a los pleiteantes, engordan a los curiales y facilitan a los gobiernos el cargar impuestos y derechos sobre las disensiones y pleitos eternos de sus súbditos?”. Por desgracia, el planeta está sembrado de leyes injustas, de autoridades que sólo buscan el bien para sí y los suyos, de fuerzas interesadas que se comportan de manera despótica.
Para huir de este mundo de trampas hay que sentar cátedra con la verdad, formar opinión sincera y universalizarla. Pongamos ejemplos. Durante los últimos veinte años la Convención sobre los Derechos del Niño puede haber trabajado duro, pero los resultados continúan siendo nefastos. Millones de niños mueren antes de cumplir cinco años de enfermedades prevenibles, y muchos más no tienen alimentos, agua, educación, y son víctima de violencia y explotación. A mi juicio, lo que viene sucediendo es que somos incapaces de crear recta opinión pública, éticamente sana y moralmente auténtica. Es necesario asentar la certeza, los principios y el fundamento humano, como valor educacional. No se educa si no hay veracidad que emitir. Asimismo, se vienen resintiendo el estado de los derechos humanos en el mundo con el impacto de la crisis financiera global, tal es el caso de la educación de millones de niños en los países en desarrollo. También el empleo informal en los países en desarrollo reduce la capacidad de éstos de beneficiarse de la apertura del comercio, creando trampas de pobreza para los trabajadores en transición entre empleos. Por desdicha, los prisioneros de las trampas suelen ser los países más pobres. Habría que liberarlos. Algunas de esas trampas se refieren a la corrompida autoridad.
De igual modo, en una sociedad injertada por las trampas es muy difícil construir un mundo de mundos habitables, por mucho que cuidemos las formas o tratemos de dar buena imagen. La cuestión es el fondo humano, la capacidad de abrirnos a los demás sin afán de dominio. Ya está bien de devastar pueblos por luchas de poder o de utilizar como instrumento represivo contra oponentes políticos las desapariciones forzosas, que en otra época se atribuían en su mayoría a las dictaduras militares, pero que en la actualidad se producen en conflictos internos, siendo una de las peores violaciones de derechos humanos, porque deshumanizan a las personas. Qué fácil es ser engañado por tantas voces que, en nuestro orbe, sostienen visiones corruptas, sin tener en cuenta el respeto a la persona. Únicamente los valores morales dignifican las relaciones humanas. Ciertamente, andamos escasos de buenos guías que respeten nuestra libertad y nuestro culto de sentirnos libres. Las trampas de los adultos hacia los jóvenes es otra muestra más de fingida cultura que se transmite. La juventud, que por si misma es un valor, a la primera de cambio suele caer hipnotizada poseyendo el mayor número de bienes posible y objetos de lujo, como si la felicidad dependiese de lo que tenemos, en lugar de lo que somos.
En un mundo de trampas lo que conviene activar es la confianza, y no hay otra forma mejor de ganarla, que con la verdad. Por mucho que se legisle, que la norma sea poderosa, más poderosa es la mentira. Lo refrenda el lenguaje popular cuando dice que “quien hace la ley hace la trampa”. La verdad tiene que hacerse cultura y sentir esa cultura como necesidad. Por consiguiente, la primera preocupación de aquellos que tienen responsabilidades públicas, debería consistir en legislar lo justo y preciso para la maduración de la conciencia ética de las gentes. Este es el verdadero progreso del mundo. Sin moral es complicado avanzar en la consolidación de la democracia, la buena gobernanza y el Estado de Derecho (apoyo al pluralismo político, libertad de expresión y un sistema judicial saneado); suprimir la pena de muerte en los países que aún la aplican; luchar contra la tortura a través de medidas preventivas (como la formación de policías y la educación) y represivas (creación de tribunales internacionales y juzgados de lo penal); combatir el racismo y la discriminación, asegurando el respeto de los derechos políticos y civiles.
En absoluto es ético dejar morir a personas por contradecir a gobiernos que manejan a su antojo los fondos públicos, dándole preponderancia al ejército y atemorizando a la ciudadanía que discrepa de la posición oficial. Tampoco se entiende la indiferencia occidental ante la violencia contra los cristianos. Por cierto, estudios recientes indican que los cristianos son los más discriminados del mundo, cuando la libertad religiosa es una fuerza para la paz. Considero que ningún país, cualesquiera que sean sus circunstancias, puede hacer trampas y sustraerse a la obligación estricta de respetar los derechos humanos. La familia humana, las comunidades internacionales no pueden ni deben, ante estos hechos degradantes, mantenerse con los brazos cruzados y seguirle la gracia a los tramposos.